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Libres del temor a la muerte

Libres del temor a la muerte

Domingo 25 de abril, 2010


Por tanto, ya que ellos son de carne y hueso, él también compartió esa naturaleza humana para anular, mediante la muerte, al que tiene el dominio de la muerte —es decir, al diablo—,y librar a todos los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida. (Hebreos 2:14,15)

OTRO DE LOS TEMORES QUE EL MENSAJE de la justificación por la fe elimina de la vida del creyente, es el temor a la muerte. Los seres humanos instintivamente le tenemos temor a la muerte. Por más que se hallan inventado teorías sobre el estado de los muertos, a nadie le gusta morir. Quisieramos vivir para siempre. Salvo los que se encuentran en tal grado de sufrimiento que prefieren morir, normalmente el ser humano prefiere vivir. La biblia enseña que la muerte es el resultado del pecado. San Pablo dice: ¨Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la *humanidad, porque todos pecaron¨ (Rom 5:12). Como seres pecadores cosechamos la muerte. El pecado tiene su propio castigo: La separación de Dios, que es la aniquilación. El Señor es la norma del universo, la norma del orden. Lo que está contra Dios introduce desorden y caos. Donde reina el pecado reina la confusión. Estas cosas no pueden existir para siempre delante de él, es decir no pueden coexistir con Dios, porque es Todopoderoso y tiende a destruir lo que se le opone. El pecado, que es oposición a Dios, tiene asegurado su fin. Cuando el pecado termine, acabará la muerte. Cunado Dios justifica al pecador, soluciona el problema del pecado en la vida humana, y no estamos más en oposición a Dios. Estamos en armonía con él. Por lo tanto no cosechamos la muerte sino la vida. Por su muerte, Cristo ganó el derecho de dar vida a sus seguidores. Al estar con Cristo, no tenemos miedo a morir, porque con Cristo no hay muerte, sino vida.


Temor al juicio

Temor al juicio

Viernes 23 de abril, 2010


Al iniciarse el juicio,
los libros fueron abiertos (Daniel 7:10)

EL MENSAJE DE LA JUSTIFICACION POR LA FE nos ayuda a enfrentar dos conceptos que pueden causar temor y aprensión en la vida del cristiano. El primero es el asunto del juicio final. A todos nos conmueve la idea de tener que estar en un juicio donde seremos juzgados por Dios. El concepto de un juicio final tiene la posibilidad de llenarrnos de temor si no lo entendemos correctamente. El mensaje de la justificación por la fe tiene la virtud de ponerlo en la perspectiva correcta. La idea bíblica es que todos compareceremos ante el tribunal de Dios algún día, para dar cuenta de lo que hicimos y seremos juzgados de acuerdo a nuestros hechos¨Porque Dios «pagará a cada uno según lo que merezcan sus obras»¨ (Rom 2:6). También nuestras palabras serán objeto del juicio de Dios. Nuestro Señor dijo: ¨Pero yo les digo que en el día del juicio todos tendrán que dar cuenta de toda palabra ociosa que hayan pronunciado. Porque por tus palabras se te absolverá, y por tus palabras se te condenarᨠ(Mateo 12:36 y 37). Pero no solo vamos a enfrentar nuestras acciones y palabras, sino también nustros motivos secretos: ¨Así sucederá el día en que, por medio de Jesucristo, Dios juzgará los secretos de toda persona, como lo declara mi evangelio¨(Rom 2:16). Nadie escapará de los juicios de Dios: ¨ ¡Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios!¨(Rom 14:10). El juicio del Señor, sin embargo, será justo: ¨Él ha fijado un día en que juzgará al mundo con justicia, por medio del hombre que ha designado¨(Hechos 17:31). Sin embargo, esta descripción bíblica del juicio de Dios, tiene la capacidad de atemorizar a cualquiera. Todos sentimos temor ante el juicio de Dios porque reconocemos que tenemos faltas y errores, y que hemos pecado contra Dios. Todos somos conscientes de nuestras debilidades y nuestros motivos ocultos. Todos tenemos temor: ¨Cada cual tiene un alma que salvar o que perder. Todos tienen una causa pendiente ante el tribunal de Dios. Cada cual deberá encontrarse cara a cara con el gran Juez¨(Cristo en su santuario, p.136).


La facultad de decidir

La facultad de decidir

Viernes 16 de abril, 2010


Pero si a ustedes les parece mal servir al Señor, elijan ustedes mismos a quiénes van a servir [...]. Por mi parte, mi familia y yo serviremos al Señor (Josué 24: 15)

MUCHOS SE PREGUNTAN, SI DIOS es Todopoderoso e infinitamente sabio, ¿por qué hay personas que se apartan de él? ¿Por qué Dios pierde en la lucha por el corazón de tanta gente que le da la espalda? ¿Por qué hay tantas personas que no quieren saber nada de Dios? ¿Por qué Dios no usa su poder y sabiduría para ganarlas? Si nadie puede arrebatarle las ovejas a Cristo, ¿por qué Judas se perdió? Una cosa debemos recordar con claridad: Todo el poder del universo se vuelve impotente ante la negativa de seguir a Dios. El Creador le dio a los seres humanos un don precioso: El libre albedrío, que nos hace ser semejantes a él. Dios se comprometió a no violar esa libertad de elegir y escoger. Por eso no fuerza la voluntad ni obliga a las personas a seguirle. El Señor invita, llama, suplica, pero hasta allí. Cuando el ser humano rehusa aceptar el llamado de Dios, cae bajo el poder del reino de las tinieblas, y él no se opone a la voluntad de las personas. Es increíble, pero el poder más grande del universo se vuelve impotente ante el don de la libertad. Eso no significa que Dios pierda su poder o hegemonía, sino que acepta la decisión personal y no manipula la conciencia humana. Después de todo, en su reino entrarán solo los que quieran. En este mundo tenemos la opción de elegir entre el bien y el mal, entre seguir a Dios o seguir a Satanás. Lo más maravilloso es que una vez que optamos por seguir al Creador, todo el poder del universo está de nuestro lado, y nadie nos puede arrebatar de las manos de Dios. Nuestra preocupación debiera ser una sola: Procurar estar del lado del Señor. Si eso lo resolvemos cada día, no tenemos que tener dudas ni incertidumbre acerca de nuestro futuro. Estaremos seguros en las manos de Dios.

Confianza en Dios

Confianza en Dios

Sábado 10 de abril, 2010


Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida, y son pocos los que la encuentran (Mateo 7: 14).

LA SEGURIDAD que tienen todos los cristianos de la salvación es fruto de la justificación. Se supone que el que ha sido justificado es una persona que tiene confianza en Dios, es decir, en lo que el Señor puede hacer por él. Sin embargo, a veces reina la inseguridad entre los hijos de Dios, especialmente en las filas adventistas. Eso puede ser el resultado de abandonar nuestra confianza en Dios y colocarla en nosotros mismos. Como no tenemos plena seguridad de que podamos salvarnos por nuestros esfuerzos personales, nos invade la inseguridad en cuanto a si seremos salvos o no al fin de cuentas. Esta puede ser una señal de que nos hemos apartado del camino correcto, nos hemos desviado a la senda de la justificación propia, lo cual encierra muchos peligros. Pero la inseguridad de la salvación se puede producir por otras razones: una interpretación equivocada de las enseñanzas bíblicas y ciertas declaraciones de Elena G. de White. Por ejemplo, nuestro Señor dijo en conexión con la salvación: «Porque muchos son los invitados, pero pocos los escogidos» (Mat. 22: 14). Algunos razonan, si los que se van a salvar son pocos, tal vez ellos no tengan la oportunidad de salvarse. Pero el Señor hablaba del mundo en general, no de los que ya han sido escogidos. Se piensa que no son muchos los que se van a salvar, sino pocos. Algunos, al darse cuenta de sus imperfecciones y errores, concluyen que tienen pocas probabilidades de salvarse. De este modo, muchos viven una vida de insegundad, siempre piensan en los márgenes escasos que hay para alcanzar la salvación. Por supuesto, la salvación no es un asunto de poco valor. Ha requerido el sacrificio inmenso de Dios para lograrla. Los discípulos le preguntaron al Señor, cierta vez: «¿Quién podrá salvarse? Para los hombres es imposible —aclaró Jesús, mirándolos fijamente—, mas para Dios todo es posible» (Mat. 19: 25,26). Por eso debemos descansar en el poder de Dios, no en el esfuerzo humano.

Seguridad y confianza

Seguridad y confianza

Miércoles 7 de abril, 2010


Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios (Efesios 2: 8)

OTRA DE LAS IMPLICACIONES que tiene la justificación por la fe en la vida del creyente, es que le imparte confianza y seguridad en su experiencia cristiana. Hay muchos cristianos que se debaten en la inseguridad cuando se trata de la salvación personal. Cuando preguntamos a algunos de ellos si creen que van a ser salvos, sus respuestas reflejan inseguridad e incertidumbre. Unos dicen que no saben si lo serán, porque no quieren aparecer presuntuosos. Otros responden con vacilaciones, porque quieren mostrar humildad. Y hay otros que de plano no están seguros. Como la salvación se considera normalmente un asunto del futuro, es obvio que algunos no quieran anticipar nada. Lo que se nos olvida es que la salvación se puede expresar en tres tiempos: Fuimos salvados, somos salvos y seremos salvos. Para cada uno de ellos tenemos declaraciones bíblicas contundentes. Pablo dice: «Porque en esa esperanza fuimos salvados» (Rom. 8: 24). «Pues Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia» (2 Tim. 1: 9). Es evidente que para el apóstol Pablo la salvación era un asunto del pasado. Cuando Cristo murió en la cruz nos redimió del mal y del pecado. Él pagó nuestra deuda. Dio el rescate de nuestra salvación. Fuimos salvados por la gracia de Dios. Estaba plenamente convencido de ese acto salvador que se vinculaba con la muerte de Cristo. Es muy importante que nosotros estemos convencidos también de ese hecho. El apóstol Pedro lo estaba: «Como bien saben, ustedes fueron rescatados de la vida absurda que heredaron de sus antepasados. El precio de su rescate no se pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto» (1 Ped. 1:18, 19). Ese hecho del pasado es extremadamente importante para darnos la seguridad que debemos tener en el presente.

Embajador de la reconciliación

Embajador de la reconciliación

Martes 6 de abril, 2010


Oren también por mí para que, cuando hable, Dios me dé las palabras para dar a conocer con valor el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas (Efesios 6: 19, 20)

UNO DE LOS RESULTADOS DE ESTAR en paz con Dios, de sentirnos reconciliados con Dios, es tener la necesidad de compartir con otros la alegría de esa paz que gozamos. A causa de que esta reconciliación divina no se hizo con nosotros nada más, sino que es una reconciliación universal (2 Cor. 5: 19), quienes conozcan ese hecho deben compartirlo con los demás. De ahí surge el imperativo divino de ir y proclamar las buenas nuevas de salvación a los que no las conocen. Por eso dice Pablo que Dios «nos dio el ministerio de la reconciliación» (2 Cor. 5: 18). Hay millones de personas que no saben que el Creador se ha reconciliado con ellas. Viven, como dice Pablo, «sm esperanza y sin Dios en el mundo» (Efe. 2: 12). Él quiere que ellas sepan, y por eso nos ha dado la encomienda de ir a comunicarlo. Así que debemos ser «embajadores de Cristo» que lleven el mensaje de la paz con Dios (2 Cor. 5: 20). De hecho, el Señor nos encargó «el mensaje de la reconciliación» (vers. 19). Pero dar el mensaje de la reconciliación no es solo ir a decirle a la gente que Dios ya no es su enemigo, que se ha reconciliado con la humanidad y que nos mira con buenos ojos. Implica decirles también que para que esa reconciliación sea efectiva y valga la pena, pues fue conseguida con un sacrificio muy grande, necesitan reconciliarse a su vez con Dios. Añade el apóstol: «En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios» (vers. 20). Debe ser un gran honor para el cristiano sentirse un embajador de Cristo que lleva las buenas nuevas de la reconciliación. Meditemos en estas palabras: «A los siervos del Omnipotente se les ha concedido el exaltado privilegio de manifestar el carácter divino mediante el compromiso desinteresado en el esfuerzo por rescatar a los pecadores del abismo de la ruina a la cual han sido arrastrados» (Recibiréis poder, p. 168).

Vivamos lo que somos

Vivamos lo que somos
Miercoles 31 de marzo, 2010

Pero ahora, habiendo sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como resultado la vida eterna.
Rom 6:22

CUANDO NOS DAMOS CUENTA de que somos libres del mal, y que estamos bajo el dominio de Dios, empezamos a actuar en armonía con la nueva hegemonía a la que pertenecemos. Nuestra vida cambia y comenzamos a praticar la justicia, que es la norma de Cristo. Los frutos de esta nueva vida se dejan ver: Llegamos a ser santos porque entramos en la senda de la comunión con Dios. Esta nueva ruta que tomamos es la ruta que conduce a la vida eterna. La senda anterior conducía a la muerte eterna. Todos los imperativos de la vida cristiana tienen una finalidad: Vivir lo que somos. Sean justos, porque Dios nos llamó a la justicia; sean santos porque Dios nos llamó a la santidad; sean buenos porque Dios nos llamó a la bondad; obedezcan los mandamientos, porque Dios nos llamó a la obediencia. Estamos en un nuevo camino, debemos vivir en armonía con ese camino. Pertenecemos a un nuevo reino; vivamos en armonía con lo que ese reino representa. Somos hijos de Dios; vivamos como tales. El apóstol lo hace claro: ¨ni presentéis los miembros de vuestro cuerpo al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia¨ (Rom 6:13). Todos estos imperativos nos hablan de la fragilidad del ser humano. Hemos sido deteriorados por el mal. El pecado nos ha incapacitado para amar y seguir el bien. Naturalmente no estamos inclinados a buscar a Dios. La justicia de su reino no la asimilamos facilmente. Al andar en los caminos de Dios vamos en contra de la corriente. De allí que Dios nos invita, nos llama, nos anima, nos capacita; de allí que fallamos y representamos mal al Dios que servimos. Pero Dios nos dice: ¨Recuerden, ustedes ya no son así. Son siervos de la justicia; son hijos de Dios; vivan lo que son¨.

El pecado imperdonable

El pecado imperdonable

Lunes 22 de marzo, 2010

Les aseguro que todos los pecados y blasfemias se les perdonarán a todos por igual, excepto a quien blasfeme contra el Espíritu Santo. Este no tendrá perdón jamás; es culpable de un pecado eterno (Marcos 3: 28, 29)

EN MEDIO DE TODAS ESTAS PROMESAS de perdón y seguridad, resulta incomprensible, por lo menos para algunos, que haya un pecado que Dios no pueda perdonar. El Señor dijo lo siguiente: «Y todo el que pronuncie alguna palabra contra el Hijo del hombre será perdonado, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón» (Luc. 12: 10). ¿En qué consiste este pecado contra el Espíritu Santo que no puede ser perdonado por Dios? ¿No puede el Espíritu Santo llevar a una persona al arrepentimiento por haber hablado contra él? ¿Qué implica este pecado que un Dios perdonador no pueda perdonar? El contexto de la declaración del Señor en el Evangelio de Mateo es que los fariseos, que presenciaron la sanidad de un hombre que estaba endemoniado, dijeron que él expulsaba los demonios por el poder del principe de los demonios, no por el Espíritu Santo. Rechazaron la evidencia que se les dio, y rechazaron al Espíritu de Dios que los quería convencer del mesianismo de Jesús. Así que nos damos cuenta de que la blasfemia contra el Espíritu no es un acto pecaminoso, sino una actitud. Las personas, ante la evidencia que el Espíritu da, la rechazan y la atribuyen a Satanás. En eso consiste la blasfemia contra el Espíritu, en rechazar persistentemente el llamado del Espíritu Santo. ¿Puede Dios perdonar eso? No puede. Dios llama, pero no puede forzar a nadie. Dios invita, pero no puede obligar a que se acepte su invitación. Quienes rechacen persistentemente los llamados de la misericordia divina, finalmente se perderán. Dios, el Todopoderoso, ha decidido que no obligará a nadie a hacer algo contra su voluntad. Dios decidió darnos esa libertad, y la respetará hasta el fin.

La confesión al prójimo

La confesión al prójimo

Sábado 20 de marzo, 2010

Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad (1 Juan 1: 9).

LA CONFESIÓN DEL PECADO es solo un aspecto del plan de Dios para ayudar a solucionar el pecado y sus consecuencias en la vida humana. Frecuentemente, el pecado no es contra Dios solamente, sino que hay otras personas a quienes nuestras faltas pueden afectar. El plan divino de la confesión requiere, si ha de haber sanidad total, que se haga confesión, no solo a Dios, a quien ofende toda falta, sino también al prójimo. Esta es la razón por la que la Palabra de Dios nos dice: «Por eso, confiésense unos a otros sus pecados [...] para que sean sanados» (Sant. 5: 16). La confesión tiene en sí el poder de restaurar heridas. Es parte del plan divino que los seres humanos arreglen sus problemas unos con otros, a fin de hallar paz con el prójimo y con Dios. A veces es más fácil confesar a Dios nuestros pecados, que pedir perdón a quienes hemos ofendido. Hacer esto requiere humildad y valentía. Por eso, hay personas que evitan el encuentro con su prójimo al ir directamente a Dios. Pero el Señor sabe que eso no nos va a ayudar a solucionar plenamente el problema. Por eso recomendó: «Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar. Ve primero y reconcilíate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda» (Mat. 5: 23, 24). Dios no puede aceptar la confesión hecha a él si hemos pasado por alto a nuestro prójimo. La confesión tiene otro aspecto difícil que hace que muchas personas la quieran pasar por alto. Cuando la falta es privada, debe confesarse privadamente; pero cuando la falta es pública debe hacerse públicamente. Si hacer una confesión privada requiere humildad y valor, la confesión pública lo requiere en mayor grado. Esta es la razón por la que no escuchamos muchas confesiones públicas.

Agobio por el pecado

Agobio por el pecado

Miércoles 17 de marzo, 2010


Desde entonces comenzó Jesús a predicar: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca» (Mateo 4: 17)

RESULTA INTERESANTE QUE, desde el punto de vista bíblico, Dios es el que produce el arrepentimiento. Veamos: «Por su poder, Dios lo exaltó como Príncipe y Salvador, para que diera a Israel arrepentimiento y perdón de pecados» (Hech. 5: 31). «Al oír esto, se apaciguaron y alabaron a Dios diciendo: "¡Así que también a los gentiles les ha concedido Dios el arrepentimiento para vida!"» (Hech. 11: 18). Debemos entender el lenguaje bíblico. El hecho de que Dios produzca el arrepentimiento, no quiere decir que él hace que los hombres se arrepientan aun contra su propia voluntad; como si Dios lo forzara. Si así fuera el caso, entonces Dios obligaría a las personas a arrepentirse, lo que evidentemente no es cierto, porque Dios respeta el libre albedrío que nos concedió en la creación. También esto vale para lo opuesto: nadie puede acusar a Dios de parcialidad por no haber provocado el arrepentimiento en su corazón. Lo que la Biblia quiere decir es que Dios guía al arrepentimiento. Notemos: «¿No ves que desprecias las riquezas de la bondad de Dios, de su tolerancia y de su paciencia, al no reconocer que su bondad quiere llevarte al arrepentimiento?» (Rom. 2: 4). Dios, en su infinita bondad, quiere guiar a todos al arrepentimiento. Como él no fuerza a los seres humanos, hay muchos que no desean arrepentirse. Dios quisiera que todos se arrepintieran, pero respeta la decisión de cada uno. Es en este contexto que los llamamientos divinos al arrepentimiento tienen razón de ser. Dios invita, pero no fuerza. Después de todo, la salvación es una oferta, no una imposición. Podemos oír su llamado, y aceptar o rechazar su invitación. El agente divino para guiarnos hacia el arrepentimiento es el Espíritu Santo. Es el representante de la divinidad que llama a nuestra conciencia al arrepentimiento. Es extremadamente importante no cerrar nuestra conciencia a su llamado insistente.

Ejemplos de contrición

Ejemplos de contrición

Sábado 13 de marzo, 2010

Por eso los fíeles te invocan en momentos de angustia; caudalosas aguas podrán desbordarse, pero a ellos no los alcanzarán (Salmo 32: 6)

CUANDO LA PERSONA angustiada por su pecado está bajo la influencia divina, descansa en Dios. Cuando está bajo la influencia del poder de las tinieblas, puede descontrolarse y terminar en el suicidio y la muerte. Estos dos casos se ilustran vividamente en las Escrituras. En el primero, tenemos la experiencia por la que pasó el apóstol Pedro. Él amaba entrañablemente a Jesús, y estaba dispuesto aun a entregar su vida por él. Pero como muchas personas en el mundo, no tenía un concepto claro de sí mismo. Creía que se conocía bien, y pensaba que estaría dispuesto a todo para seguir a Jesús. Pero estaba equivocado. Cuando el Señor, tratando de protegerlo, le reveló un aspecto oculto de su personalidad, no lo aceptó. Jesús le dijo: «Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido zarandearlos a ustedes como si fueran trigo» (Luc. 22: 31). Simón replicó: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo tanto a la cárcel como a la muerte» (vers. 33). Jesús, trató de convencerlo, le contestó: «Pedro, te digo que hoy mismo, antes de que cante el gallo, tres veces negarás que me conoces» (vers. 34). Pero Pedro era porfiado. Lo que no sabía era que, aunque no se intimidaba ante la muerte, le tenía un horrendo miedo al ridículo y al escarnio. Esto lo llevó a negar que conociera a Jesús. Cuando se dio cuenta de quién realmente era, su enorme pecado lo agobió y salió corriendo del lugar. Reflexionó en la ignorancia y terquedad que lo llevaron a cometer tan vil pecado. Pensó en el amor de su Maestro, que trataba de librarlo del mal, y el Espíritu de Dios lo llevó de vuelta a Cristo y a la vida. Así nos sucede a muchos. Necesitamos pasar por una experiencia traumática de dolor y tristeza espirituales para darnos cuenta de lo que somos. Con la ayuda del Espíritu, podemos reencauzar nuestra vida hacia Dios. Como Pedro, algunas veces tenemos que llorar amargamente por haber hecho algo que ofendió al Dios que nos ama. Ese Dios está todavía allí para ayudarnos a hallar descanso.

La fe

La fe

Jueves 11 de marzo, 2010

¡Sí creo! —exclamó de inmediato el padre del muchacho—. ¡Ayúdame en mi poca fe! (Marcos 9: 24)

EL SEGUNDO PASO EN LA DINÁMICA de la salvación, es tener fe en Dios. Como dijimos anteriormente, todos los seres humanos tenemos la capacidad de tener fe (Rom. 12: 3). Nacemos con el don natural de ser capaces de depositar nuestra confianza en algo o en alguien. Dijimos que el reconocimiento de que somos pecadores se basa en la premisa de que creemos en la existencia de un Dios que es justo y que demanda justicia de nosotros. Tenemos, entonces, la opción de depositar nuestra confianza en ese Dios. No somos dejados a la deriva. El Espíritu Santo, que nos dio la convicción de pecado, ahora nos guía a poner nuestra confianza en Dios. Si nos quedáramos solo con la convicción de pecado, entonces corremos un gran riesgo. El enemigo de Dios puede usar esa situación interna nuestra, y exagerarla con la idea de que no hay nada que podamos hacer, a fin de llevarnos a la desesperación y a la ruina. Pero cuando aceptamos la guía divina, esta dirige nuestra confianza hacia Dios, quien sí puede ayudarnos. Así, la fe se fortalece, de modo que aprendemos a tener más y más confianza en Dios, quien tiene la solución para nuestra situación pecaminosa. De ese modo, un don natural como la confianza, se transforma en un don espiritual, que es la fe en Dios. Hay muchos que deciden no creer en Dios (2 Tes. 3: 2). Deciden creer en sí mismos, en algo o en alguien más. Esto es la perversión de la fe. Por esta razón, somos estafados frecuentemente, o nos frustramos, porque ponemos nuestra confianza en alguien que no es fiel. Dios mismo nos guía para que el objeto de nuestra fe sea el correcto. Así que, él no solo es el autor de la fe, en el sentido que nos ha dado una medida de ella a todos, sino que es el consumador de la fe, porque nos ayuda a dirigir correctamente nuestra fe cuando respondemos a la orientación de su Espíritu. Como dijo el apóstol: «Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe» (Heb. 12: 2).

En paz con Dios

En paz con Dios

Martes 9 de marzo, 2010

En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5: 1)

CUANDO DIOS, POR UN ACTO DE MISERICORDIA y amor, perdona al pecador, soluciona el pecado en el ser humano, que es un obstáculo para que Dios se reconcilie con él. La justicia y la santidad divinas condenan el pecado. Decíamos que esto es lo que la Biblia llama la ira de Dios. Pero una vez que Dios perdona al hombre, este no está más bajo la condenación divina. Por eso, si somos perdonados, no somos condenados. Si somos justificados, somos absueltos de nuestra culpa. La condenación es contraria a la justificación. El apóstol Pablo lo pone de una manera interesante: «Por tanto, así como una sola transgresión causó la condenación de todos, también un solo acto de justicia produjo la justificación que da vida a todos. Porque así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos» (Rom. 5: 18, 19). Este es el contraste entre la condenación y la justificación. Si no hay condenación, entonces hay justificación. Una vez que hemos sido justificados por Dios, estamos en paz. Esto significa que Dios ya no nos condena. Esta paz de la que Pablo habla no es primariamente una paz interior, sino la paz que tiene que ver con una relación restaurada. A causa de que Dios ya no nos condena, ni es nuestro enemigo, entonces estamos en paz con él. Ya no estamos bajo condenación, porque hemos sido justificados. Así como el perdón nos lleva a la justificación, del mismo modo la justificación nos conduce a la paz con Dios. Esta paz se obtuvo por lo que Cristo hizo por nosotros. Dice el apóstol que «él es nuestra paz» (Efe. 2: 14). Esta paz que Dios nos da es imposible que no se convierta también en una paz interna, porque tener paz con Dios nos debe traer también paz interior. Del mismo modo, si estamos en paz con él y en paz con nosotros mismos, es muy difícil que no estemos en paz con lo demás.

Dios es justo

Dios es justo

Domingo 7 de marzo, 2010

En el tiempo presente ha ofrecido a Jesucristo para manifestar su justicia. De este modo Dios es justo y, a la vez, el que justifica a los que tienen fe en jesús (Romanos 3: 26).

EL RECONOCIMIENTO DE QUE LA JUSTIFICACIÓN se da al pecador, es difícil de comprender para algunas personas. Algunos se preguntan: «¿Por qué Dios puede declarar justo al impío y pecador? En nuestro concepto humano de justicia no se supone que el injusto sea declarado inocente, y el inocente sea condenado. ¿Dónde estaría la justicia humana si eso se diera como provisión de ley? ¿Cómo es que Dios, que es justo por excelencia, puede justificar al impío? ¿No protestamos cuando eso ocurre en la justicia humana?» Imaginemos este cuadro: Usted comete un delito y es llevado ante un juez para recibir la condena que merece por su violación de la ley. Cuando el juez va a dictar su sentencia, aparece un amigo suyo que pide al juez que lo condene a él en lugar de a usted. ¿Cree que el juez accedería a su pedido? Por supuesto que no. En la justicia humana, «el que la hace la paga»; no hay provisión para que una persona pueda ser condenada por los delitos de otra. Si eso se da en la justicia humana, que es falible e imperfecta, ¿por qué la justicia divina puede condenar al inocente y justificar al pecador? Lo que pasa es que cuando Dios condenó a Cristo como pecador, se echó la culpa del problema del pecado. La justicia divina no podía pasar por alto el pecado. Así que Dios pagó la pena del pecado, lo que significaba que llevó la culpabilidad. De esa manera, Dios obtuvo el derecho de justificar al pecador. Por eso Pablo dice: «Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios» (2 Cor. 5: 21). ¿No es esto maravilloso?

Crédito inmerecido

Crédito inmerecido

Miércoles 3 de marzo, 2010

Hemos dicho que a Abraham se le tomó en cuenta la fe como justicia (Romanos 4: 9).

LA CUARTA CARACTERÍSTICA de la justificación es que es imputada. El verbo imputar se usa tradicionalmente para hablar de la concesión de la justicia. Significa atribuir, conceder, acreditar. Tiene que ver con la manera en que recibimos la justificación. Porque podemos hacernos la pregunta: si la justificación es un regalo divino, ¿cómo se nos da? ¿Cómo la recibimos? La respuesta es que la recibimos por imputación; es decir, se nos atribuye, se nos cuenta, se nos acredita. Como decíamos antes, somos declarados justos. Dios nos dice que somos justos, porque nos ha atribuido la justicia. Notemos estas declaraciones interesantes: «Pues, ¿qué dice la Escritura? "Le creyó Abraham a Dios, y esto se le tomó en cuenta como justicia"» (Rom. 4: 3). «Ahora bien, cuando alguien trabaja, no se le toma en cuenta el salario como un favor sino como una deuda. Sin embargo, al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia» (vers. 4 y 5). Aquí se expresa la razón por la que se recibe la justicia. Al que tiene fe, esta se le cuenta por justicia. Para que alguien pueda ser declarado justo, necesita tener fe; la fe debe ser dirigida a aquel que se levantó de los muertos: Jesús. Por razón de nuestra fe en Jesucristo, Dios nos declara justos. Esta declaración de justicia se hace sobre la base de que a la persona que tiene fe se le atribuye justicia. A la persona de fe se la considera justa porque se le ha acreditado justicia. No es una ficción legal, como algunos dicen. Es decir, no es que Dios nos considere justos, aunque no seamos justos realmente. Eso no es lo que dice el apóstol. Él dice que Dios nos cuenta, nos atribuye, nos concede la justicia. Claro, se usa una metáfora del mundo financiero: se nos acredita. Es como si alguien deposita en nuestra cuenta bancaria un dinero que no es nuestro, pero que se nos da.

Demasiado bueno para ser cierto

Demasiado bueno para ser cierto

Martes 2 de marzo, 2010

Y si es por gracia, ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia (Romanos 11: 6)

EN ESTE MUNDO A NADIE le pagan primero para que trabaje después. Primero trabajamos y después nos pagan. Ningún estudiante recibe un diploma legal de estudios si primero no ha estudiado para ganárselo. Somos condicionados a pensar que si algo es gratis o no requiere esfuerzo, no vale la pena. Cuando algo nos ha costado mucho esfuerzo y trabajo, entonces nos sentimos orgullosos de ello. Este condicionamiento de la cultura moderna para poner en tela de juicio lo que es gratis, hace que algunas personas duden de que la salvación sea realmente gratuita. Cuando leemos en la Palabra de Dios que él nos perdona gratuitamente, que la salvación es por gracia, que es un regalo de Dios, nos parece que es solo una manera de decir las cosas para que entendamos que Dios nos ama, pero que debe haber algo que nosotros tenemos que hacer para ganar la salvación. Allá en el fondo de nuestra mente albergamos la idea de que algo tenemos que hacer para ser dignos de la salvación. Se dice que el director médico de un hospital psiquiátrico de Londres dijo una vez: «Si los pacientes que están aquí creyeran en el perdón, mañana podría enviar a la mitad de ellos a sus casas». Mucha gente cree que Dios no perdona a menos que se haga alguna obra meritoria. Todos los años vemos en alguna parte largas filas de personas que van a pagar una promesa, o hacer algún sacrificio a algún centro religioso, con el propósito de que Dios les conceda alguna petición o sanidad. Están convencidos de que tienen que hacer méritos, para que algún santo patrono o divinidad los escuche. Es que la religión del mérito apela mucho a los seres humanos. No es lo mismo que digamos que nos regalaron algo a que digamos que lo ganamos con nuestro esfuerzo personal. Por eso pensamos que algo tenemos que hacer para tener mérito ante Dios; nos hace sentirnos seguros, porque es nuestro esfuerzo personal.

El ideal de Dios para el hombre

El ideal de Dios para el hombre

Viernes 12 de febrero, 2010

Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios (Mateo 5: 8).

EL SER HUMANO ES MALO, por lo tanto, necesita justicia. El hombre está manchado por el mal, luego necesita limpieza del pecado. La raza humana es impura por causa del pecado, necesita santidad. Sin estas características nunca podremos estar en la presencia de Dios. Por eso el Señor lo dijo claramente: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados» (Mat. 5: 6). «Busquen la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Heb. 12: 14). El ideal que Dios tiene para sus hijos lo constituye él mismo: «El blanco a alcanzarse es la piedad, la semejanza a Dios [...]. Tiene que alcanzar un objeto, lograr una norma que incluye todo lo bueno, puro y noble» (La educación, p. 16). Para ser salvos necesitamos una justicia que no tenemos, porque somos seres naturalmente manchados por el mal. Surge en nuestra mente una pregunta crucial: ¿Cómo podemos conseguir esta justicia? ¿Podremos obtenerla mediante nuestra fuerza de voluntad y nuestros esfuerzos personales? Estamos acostumbrados a pensar que muchas cosas las podemos conseguir con la fuerza de voluntad. Conocemos el dicho popular: «El que quiere, puede». O, dicho de otra manera: «Querer es poder». ¿Funciona esto en el mundo espiritual? ¿Podremos ser buenos si nos lo proponemos? Es en esta coyuntura que se nos confunden las ideas. Pensamos que hacer el bien es lo mismo que ser buenos. Que si logramos hacer cosas buenas, entonces seremos buenos. Sabemos que el buen ciudadano es aquel que se comporta civilmente bien. Si pagas tus impuestos y no le haces mal a nadie, eres bueno. Si vas a la iglesia y cumples con sus normas y reglamentos, eres bueno. Pensamos que la bondad se mide con acciones. Solo basta un momento de reflexión para damos cuenta que hacer el bien no es lo mismo que ser buenos. Hay tantas personas que hacen cosas buenas, pero que están muy lejos de ser buenas. Podemos hacer el bien y tener motivos malos. El hacer no siempre corresponde al ser. El único que es bueno es Dios (Mat. 19: 17), porque en él, el ser y el hacer se corresponden absolutamente. ¿Podremos, nosotros seres humanos manchados por el mal, hacer lo bueno y ser buenos al mismo tiempo?

Malos por naturaleza

Malos por naturaleza

Domingo 7 de febrero, 2010

Las autoridades que están en ella son leones rugientes, sus gobernantes son lobos nocturnos que no dejan nada para la mañana (Sofonías 3: 3)

LA BIBLIA DICE, Y LA EXPERIENCIA HUMANA confirma, que somos inherentemente malos. Esto, que es esencial para entender el evangelio, ha sido desafiado por el humanismo contemporáneo. Filósofos y pedagogos han tratado de convencemos de que somos naturalmente buenos. El mejor ejemplo moderno es el filósofo y pedagogo francés Jean-Jaques Rosseau, quien enseñó que el hombre es bueno por naturaleza. Muchos siguieron sus ideas hasta la Primera y Segunda Guerra Mundial. Durante ellas hubo tal exhibición de barbarie entre los seres humanos que muchos pensadores se desilusionaron con respecto a la bondad natural del hombre. Hubo un desencanto general, amargo y triste. Hoy día las declaraciones bíblicas ya no parecen tan absurdas. El salmista decía: «Yo sé que soy malo de nacimiento; pecador me concibió mi madre» (Sal. 51:5). El profeta declaraba: «Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio» (Jer. 17: 9). Lo mejor que tenemos está contaminado por el mal: «Todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia» (Isa. 64: 6). Nuestra condición natural es una podrida llaga: «Desde la planta del pie hasta la coronilla no les queda nada sano: todo en ellos es heridas, moretones y llagas abiertas, que no les han sido curadas ni vendadas, ni aliviadas con aceite» (Isa. 1: 6). Cuando la Palabra de Dios quiere enfatizar la miseria moral de la humanidad, frecuentemente la compara con seres irracionales. Eso resalta la pérdida de la imagen divina en los seres humanos. El salmista, enfatizando nuestras malas intenciones, decía: «Afilan su lengua cual lengua de serpiente; ¡veneno de víbora hay en sus labios!» (Sal. 140: 3). A pesar del entendimiento que Dios nos dio, no queremos entender: «El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo; ¡pero Israel no conoce, mi pueblo no entiende!» (Isa. 1: 3). Por supuesto, muchas de estas declaraciones se referían al pueblo en general. Alguien podría decir que los dirigentes debieron ser mejores. Pero notemos: «Ciegos están todos los guardianes de Israel; ninguno de ellos sabe nada. Todos ellos son perros mudos, que no pueden ladrar [...]. Son perros de voraz apetito; nunca parecen saciarse» (Isa. 56: 10, 11). ¡Qué cuadro tan triste de los que fueron una vez creados a imagen de Dios!

El origen de nuestra maldad II

El origen de nuestra maldad II

Sábado 6 de febrero, 2010

Tan solo he hallado lo siguiente: que Dios hizo perfecto al género humano, pero este se ha buscado demasiadas complicaciones (Eclesiastés 7:29)

¿POR QUÉ LUCIFER SE REBELÓ CONTRA DIOS? Dice la Biblia que su pecado tuvo su raíz en el orgullo y el envanecimiento: «No debe ser un recién convertido, no sea que se vuelva presuntuoso y caiga en la misma condenación en que cayó el diablo» (1 Tim. 3: 6). Este orgullo lo llevó lentamente a desafiar a Dios. Pero esta rebelión no se detuvo allí. Cuando Dios creó a nuestros primeros padres, estos fueron también dotados de libre albedrío, como seres inteligentes que fueron creados a imagen de Dios. Todo ser en el universo de Dios que ha recibido libre albedrío debe pasar la prueba. Adán y Eva fueron sometidos a esta prueba, y el relato bíblico dice que no la pasaron (Gen. 3: 1-5). Desobedecieron un mandamiento expreso de Dios, y se unieron a la rebelión de Lucifer. Como resultado, la descendencia humana llegó a ser rebelde y pecadora. Pero como en el caso de Lucifer y sus ángeles, no había falla en Dios, sino en las decisiones de las criaturas. Antes de la caída, la Palabra de Dios describe a los seres humanos como perfectos y rectos (Ecles. 7: 29); creados a la imagen de Dios (Gen. 1:26, 27); parte de una creación que se dijo que era muy buena (Gen. 1: 31); llenos de gloria y de honra (Sal. 8: 5). Sin embargo, después de la caída, la humanidad se degeneró rápidamente. El odio la llevó al asesinato (Gen. 4: 8); luego al adulterio (Gen. 4: 19); hasta el punto que todo pensamiento era de continuo al mal (Gen. 6: 5). Pablo resume esa historia tenebrosa con las palabras: «No hay un solo justo, ni siquiera uno; no hay nadie que entienda, nadie que busque a Dios. Todos se han descarriado, a una se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!» (Rom. 3: 10-12). El mal fincó sus trincheras en el ámbito de la humanidad. Como seres humanos llegamos a estar en rebelión contra Dios. Pero a Dios no lo tomó por sorpresa. Él tenía un plan preparado para enfrentar el desafío de la rebelión con justicia y equidad.

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