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Paz con los demás

Paz con los demás

Lunes 5 de abril, 2010


Porque Cristo es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba (Efesios 2: 14)

ESTA RECONCILIACIÓN Y PAZ que gozamos con Dios, y que permea nuestra vida interna, debe también proyectarse en nuestras relaciones sociales. Porque el cristiano no solo está en paz con Dios y tiene paz interior, sino también debe estar en paz con sus semejantes. Frecuentemente, esto es lo más difícil de lograr cuando se habla de la doc-tnna de la reconciliación. Pero si estamos reconciliados con Dios, no es posible que tengamos enemistad con nuestros semejantes. La paz del Señor que llena nuestra alma debe extenderse hacia los demás. Resulta incomprensible que alguien se reconcilie con Dios y no pueda perdonar a su hermano. No se puede entender cómo alguien pueda decir que está reconciliado con Dios, y sin embargo discuta con los demás. Cuando creamos barreras, nuestros prejuicios nos separan de los demás, cuando sentimos menosprecio o desprecio hacia otros seres humanos, expresamos que no estamos reconciliados con Dios. Es una manera de decir que la paz con el Señor solo es una ficción en nuestra vida. Por supuesto, estar en paz con los demás nunca depende de una sola persona. Las relaciones sociales son de doble vía. Podemos reconciliarnos con otros solo en la medida que ellos se quieran reconciliar con nosotros. Es como la reconciliación divina con el ser humano. Dios se acerco al hombre. Ya el Señor no es nuestro enemigo. Pero si nosotros no nos reconciliamos con él, de nada sirve. Es importante que se busque la reconciliación, porque Dios la buscó primero. Así debemos hacerlo nosotros. Cuando alguien busca la paz, es probable que la encuentre primero que aquel que no la busca. Por eso dice la Biblia que Dios nos reconcilió consigo, más allá de si lo aceptamos o no. Esta es la razón por la que el apóstol dice: «Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos» (Rom. 12: 18).

Arrepentimiento genuino

Arrepentimiento genuino

Jueves 18 de marzo, 2010

Ten compasión de mí, oh Dios, conforme a tu gran amor; conforme a tu inmensa bondad, borra mis transgresiones. Lávame de toda mi maldad y limpíame de mi pecado (Salmo 51: 1, 2)

EL HECHO DE QUE DIOS NOS GUÍE al arrepentimiento nos habla de la incapacidad de los seres humanos para regresar a Dios. Por nosotros mismos no somos capaces de producir las condiciones necesarias para arrepentimos. Dios, por su Espíritu, tiene que guiarnos; y si accedemos a esa guía, va a producir en nosotros el arrepentimiento que él quiere. Veíamos anteriormente que hay dos clases de arrepentimiento, el genuino y el falso. Dios quiere guiarnos al arrepentimiento genuino, que es el único que califica para que Dios nos acepte. Como nosotros no podemos arrepentimos por nuestra cuenta, cuando intentamos hacerlo caemos en un falso arrepentimiento, que Dios no aprueba. Eso fue lo que les pasó a algunas personas mencionadas en el relato bíblico. Forzaron un arrepentimiento sin la ayuda de Dios, y cayeron en el falso arrepentimiento. Dios es el único que capacita para el arrepentimiento verdadero. Lo que sucede es que Satanás es el maestro del engaño y la falsificación, y hace creer a ciertas personas que están arrepentidas, cuando no lo están realmente. Ya vimos que el falso arrepentimiento es una tristeza que se enfoca en la pena y el castigo, no en el pecado mismo. Por el contrario, el genuino arrepentimiento produce una tristeza por el pecado cometido, y le pide a Dios un nuevo corazón, es decir, una mente nueva. El ejemplo clásico de un arrepentimiento verdadero lo hayamos en la experiencia del rey David: «Yo reconozco mis transgresiones; siempre tengo presente mi pecado. Contra ti he pecado, solo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos; por eso, tu sentencia es justa, y tu juicio, irreprochable [...]. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu. No me alejes de tu presencia ni me quites tu santo Espíritu» (Sal. 51: 3, 4, 10, 11). «Efectuar un arrepentimiento como este, está más allá del alcance de nuestro propio poder; se obtiene solamente de Cristo» (E¡ camino a Cristo, p. 23).

Condicionalidad

Condicionalidad

Jueves 21 de enero 2010

“ Y les dijo:” Venid en pos de mí y os haré pes cadores de hombres” Mateo 419

Muchas veces se ha presentado la relación de Dios con el hombre como una relación libre de condiciones. Sí, es verdad que él nos ama con un amor eterno, que ha entregado a su Hijo unigénito para nuestra sal vació y que podemos llegar a él con toda confianza, sabiendo que siempre está dispuesto a recibir al pecador. Pero también es cierto que nuestro Dios tiene estrictas condiciones para la relación con éL Para empezar, nadie puede llegar al Padre sino por medio de Jesucristo. Si confesamos nuestros pecados y nos apartamos, él es fiel y justo para perdonar.

No es que no haya condiciones, sino más bien que las condiciones son tan básicas y fáciles de alcanzar que no hay razón para no alcanzarlas. Dios no nos pide nada imposible. Él ha logrado todo lo imposible para que todo lo que tenemos que hacer sea aceptar, venir y disfrutar.

Es el gran anhelo de Dios que sus hijos sean pescadores de hombres, pero la condición es “venir en pos de mí': La ganancia de almas es una indicación clara de que la primera condición se cumplió: un deseo ferviente de seguir al Señor. No se puede guiar a otros cuando nosotros no seguimos. Cuando hay un conocimiento profundo y un anhelo ferviente de seguir a nuestro Salvador, él nos puede ayudar a llevar a otros a él.

La realidad, sin embargo, va más allá. Si el Señor pudo abrir la boca de un asno para que testificara para él, bien puede hacer que, de forma excepcional, personas no del todo consagradas puedan ganar almas. Debemos siempre recordar que él puede usar las peores condiciones y siempre lograr que su nombre sea glorificado. La gran verdad es que una vida consagrada será identificada con un deseo ferviente de decirle al mundo que él es nuestro Señor y Dios.

La testificación ideal es una vida que refleje los valores de Dios, una vida que procure que los demás se den cuenta de que somos diferentes. Testificar para el Señor es decidir cada día no comprometernos con las cosas del mundo, sino estar dispuestos a destacamos por el mero hecho de seguir a Cristo. La condición es la disposición a seguirlo en todo momento. Que nuestro día hoy pueda estar lleno de momentos de reflexión sobre la gran verdad de que somos cartas abiertas. Que nuestro pensar y actuar traiga gloria a nuestro Dios.

Levítico 5:1-7:38; Mateo 3:1-4:25

Pr. Israel Leito

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