Seguridad y confianza | Miércoles 7 de abril, 2010 |
| Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios (Efesios 2: 8) | |
| OTRA DE LAS IMPLICACIONES que tiene la justificación por la fe en la vida del creyente, es que le imparte confianza y seguridad en su experiencia cristiana. Hay muchos cristianos que se debaten en la inseguridad cuando se trata de la salvación personal. Cuando preguntamos a algunos de ellos si creen que van a ser salvos, sus respuestas reflejan inseguridad e incertidumbre. Unos dicen que no saben si lo serán, porque no quieren aparecer presuntuosos. Otros responden con vacilaciones, porque quieren mostrar humildad. Y hay otros que de plano no están seguros. Como la salvación se considera normalmente un asunto del futuro, es obvio que algunos no quieran anticipar nada. Lo que se nos olvida es que la salvación se puede expresar en tres tiempos: Fuimos salvados, somos salvos y seremos salvos. Para cada uno de ellos tenemos declaraciones bíblicas contundentes. Pablo dice: «Porque en esa esperanza fuimos salvados» (Rom. 8: 24). «Pues Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia» (2 Tim. 1: 9). Es evidente que para el apóstol Pablo la salvación era un asunto del pasado. Cuando Cristo murió en la cruz nos redimió del mal y del pecado. Él pagó nuestra deuda. Dio el rescate de nuestra salvación. Fuimos salvados por la gracia de Dios. Estaba plenamente convencido de ese acto salvador que se vinculaba con la muerte de Cristo. Es muy importante que nosotros estemos convencidos también de ese hecho. El apóstol Pedro lo estaba: «Como bien saben, ustedes fueron rescatados de la vida absurda que heredaron de sus antepasados. El precio de su rescate no se pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto» (1 Ped. 1:18, 19). Ese hecho del pasado es extremadamente importante para darnos la seguridad que debemos tener en el presente. | |
Seguridad y confianza
Embajador de la reconciliación
Embajador de la reconciliación | Martes 6 de abril, 2010 |
| Oren también por mí para que, cuando hable, Dios me dé las palabras para dar a conocer con valor el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas (Efesios 6: 19, 20) | |
| UNO DE LOS RESULTADOS DE ESTAR en paz con Dios, de sentirnos reconciliados con Dios, es tener la necesidad de compartir con otros la alegría de esa paz que gozamos. A causa de que esta reconciliación divina no se hizo con nosotros nada más, sino que es una reconciliación universal (2 Cor. 5: 19), quienes conozcan ese hecho deben compartirlo con los demás. De ahí surge el imperativo divino de ir y proclamar las buenas nuevas de salvación a los que no las conocen. Por eso dice Pablo que Dios «nos dio el ministerio de la reconciliación» (2 Cor. 5: 18). Hay millones de personas que no saben que el Creador se ha reconciliado con ellas. Viven, como dice Pablo, «sm esperanza y sin Dios en el mundo» (Efe. 2: 12). Él quiere que ellas sepan, y por eso nos ha dado la encomienda de ir a comunicarlo. Así que debemos ser «embajadores de Cristo» que lleven el mensaje de la paz con Dios (2 Cor. 5: 20). De hecho, el Señor nos encargó «el mensaje de la reconciliación» (vers. 19). Pero dar el mensaje de la reconciliación no es solo ir a decirle a la gente que Dios ya no es su enemigo, que se ha reconciliado con la humanidad y que nos mira con buenos ojos. Implica decirles también que para que esa reconciliación sea efectiva y valga la pena, pues fue conseguida con un sacrificio muy grande, necesitan reconciliarse a su vez con Dios. Añade el apóstol: «En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios» (vers. 20). Debe ser un gran honor para el cristiano sentirse un embajador de Cristo que lleva las buenas nuevas de la reconciliación. Meditemos en estas palabras: «A los siervos del Omnipotente se les ha concedido el exaltado privilegio de manifestar el carácter divino mediante el compromiso desinteresado en el esfuerzo por rescatar a los pecadores del abismo de la ruina a la cual han sido arrastrados» (Recibiréis poder, p. 168). | |
Nuestra única esperanza
| Nuestra única esperanza | Lunes 15 de febrero, 2010 |
| El Señor es nuestra justicia (Jeremías 33: 16) | |
| LA IMPOSIBILIDAD HUMANA de llegar a ser justos por nuestros propios esfuerzos es el segundo fundamento del evangelio. Si pudiéramos ser justos y santos por nuestra voluntad o esfuerzo personal, no necesitaríamos el evangelio. Esto implica que Cristo no hubiera tenido que venir a morir por nosotros, y el plan de salvación del hombre no se habría elaborado bajo esas premisas. Cada quien tendría que salvarse por sí mismo. El mérito sería personal. Pero, humanamente hablando, no hay remedio para nuestro mal espiritual. El profeta preguntaba: «¿No queda bálsamo en Galaad? ¿No queda allí médico alguno? ¿Por qué no se ha restaurado la salud de mi pueblo?» (Jer. 8: 22). Ya vimos que el apóstol Pablo exclamaba: «¿Quién me librará de este cuerpo mortal?» (Rom. 7: 24). Desde el punto de vista humano, el apóstol no hallaba ninguna solución. Dejados a nuestras fuerzas, no podemos alcanzar la elevada norma que se requiere para estar en la presencia de Dios. Es por eso que el evangelio solo tiene sentido para los que reconocen esa imposibilidad. Al darnos cuenta que se requiere justicia y santidad para estar en la presencia de Dios, que no tenemos esa justicia y que desde el punto de vista humano no podemos alcanzarla, entonces el mensaje del evangelio tiene una gran trascendencia en nuestra expenencia personal. Si no creemos que se requiere justicia y santidad para estar delante de Dios, el evangelio pierde su importancia; si reconocemos esto pero creemos que somos justos, no necesitamos el evangelio; si aceptamos esto otro pero concluimos que podemos ser justos por nuestro esfuerzo personal, tampoco necesitamos el evangelio. Es por eso que una comprensión cabal del evangelio envuelve el entendimiento de estas tres premisas fundamentales. Esto nos prepara para el último fundamento del evangelio: Esa justicia que se requiere, que no tenemos y que no podemos conseguir con nuestro esfuerzo, solo se puede obtener de una fuente externa. Esa fuente externa es Dios, es el único que nos la puede dar, porque él es realmente justo. Por eso el profeta decía que en el día final se dirá: «El Señor es nuestra justicia» (Jer. 33: 16). | |
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