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Libres para amar

Libres para amar
Viernes 2 de abril, 2010

¨Por eso dejará el hombre a su padre ya su madre, y se unirá
a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo¨. Efesios 5:17

LA SEGUNDA ILUSTRACION QUE PABLO usa para indicar que el pecado, que antes nos dominaba, ya no debe regir nustras vidas, es la relación matrimonial. Notemos sus palabras: ¨Por ejemplo, la casada está ligada por ley a su esposo sólo mientras éste vive; pero si su esposo muere, ella queda libre de la ley que la unía a su esposo. Por eso, si se casa con otro hombre mientras su esposo vive, se le considera adúltera. Pero si muere su esposo, ella queda libre de esa ley, y no es adúltera aunque se case con otro hombre¨ (Rom 7:2,3). En este texto, Pablo parece hablar de la relación del cristiano con la ley, no con el pecado. Pero al leer más profundamente, nos percatamos que también habla de la relación con el pecado, pues el pecado viene por causa de la ley. La ley hace que el pecado florezca, y que los individuos se den cuenta de cuan pecaminosos son. Sin la ley, el pecado está muerto, nos dice el apóstol. En la ilustración la mujer está obligada a obedecer a causa de la ley que rige la relación conyugal con su marido. La mujer no es libre para casarse con otro mientras el esposo viva. Pero si este muere, la mujer es libre para casarse con quien quiera. De este modo, dice Pablo, el ser humano estaba obligado a obedecer al pecado por causa de la ley que lo sometía. Pero cuando Cristo vino, nos liberó de la ley del pecado y de la muerte, convirtiéndonos en seres libres para elegir a nuestro nuevo esposo. La idea es la misma: Cristo nos hace libres. El llega a ser, nuestro nuevo marido, a quien debemos lealtad y devoción. Si no lo hiciéramos, estaríamos en adulterio espiritual. Antes estabamos casado con un esposo cruel que nos maltrataba y que hacía su voluntad en nosotros. Pero murió. Cristo vino, sepultó nuestros pecados, y nos hizo libres. Independientes para amarlo con devoción y lealtad inquebrantables.

Esclavos de Cristo

Esclavos de Cristo
Jueves 1 de abril, 2010

Así que si el Hijo los libera, serán ustedes
verdaderamente libres
. Jn 8:36

PARA MOSTRAR EL HECHO de que somos hijos de Dios y libres del poder del mal, el apóstol Pablo usa dos ilustraciones que eran muy importantes en sus días, aunque no tanto en los nuestros. En primer lugar, Pablo enseña la nueva vida que el cristiano vive bajo la gracia de Dios por medio de la liberación de la esclavitud. Esta casi desconocida en nuestros días como institución social, era el fundamento económico del Imperio Romano en tiempos de Pablo. Pagar a las personas para que trabajaran, no era muy común en aquellos días. Lo usual era tener esclavos que hicieran gratis los trabajos que estaban debajo de la dignidad de un ciudadano. En aquel mundo había dos clases de personas: Los libres y los esclavos. Había leyes estrictas que regían la vida de los siervos. Estos estaban a la entera disposición de sus amos. Aun sus vidas estaban en manos de ellos.Les debían obediencia incondicional, y fuertes castigos aguardaban a los desobedientes. El esclavo no tenía pensamiento propio, era regido por las órdenes de su amo. En un sentido real, el pecado presente en nuestra naturaleza carnal, era nuestro amo. Le debíamos obediencia. Se enseñoreaba de nosotros. No podíamos hacer otra cosa que seguir sus órdenes. Pero cuando conocimos el evangelio, supimos que había alguien que nos podía emancipar de esa esclavitud terrible. ¨Pero gracias a Dios que, aunque antes eran esclavos del pecado, ya se han sometido de corazón a la enseñanza que les fue transmitida. En efecto, habiendo sido liberados del pecado, ahora son ustedes esclavos de la justicia¨. (Rom 6:17, 18). Según las leyes romanas, los esclavos podían alcanzar la liberación de dos maneras: mediante la voluntad del propio amo o que alguien pagara el precio de su liberación. Cristo pagó el precio de nuestra libertad, y ya no somos siervos del pecado. Nuestro nuevo amo es Cristo. A él es a quien debemos obedecer.

Fracaso espiritual

Fracaso espiritual

Viernes 26 de febrero, 2010

Así dice el Señor: «¡Maldito el hombre que confía en el hombre! ¡Maldito el que se apoya en su propia fuerza y aparta su corazón del Señor!» (Jer. 17:5)

OTRO GRAN RIESGO QUE corre el que busca la justificación por méritos propios, es fracasar en la experiencia cristiana. El apóstol lo puso de esta manera: «¿Qué concluiremos? Pues que los gentiles, que no buscaban la justicia, la han alcanzado. Me refiero a la justicia que es por la fe. En cambio Israel, que iba en busca de una ley que le diera justicia, no ha alcanzado esa justicia. ¿Por qué no? Porque no la buscaron mediante la fe sino mediante las obras, como si fuera posible alcanzarla así. Por eso tropezaron con la piedra de tropiezo» (Rom. 9: 30-32). Es lamentable que el pueblo de Israel cayera en el fracaso espiritual cuando iban en busca de la justicia. La razón de su fracaso es que, aunque querían justicia, deseaban la justicia de ellos, no la justicia que Dios les prometió. Dios les habla prometido la justicia que se alcanza por la fe en Cristo, pero ellos querían la justicia que se alcanza por el ménto propio, es decir, con el esfuerzo personal. El fracaso espiritual es el resultado seguro de buscar una justicia basada en el mérito. El éxito en la vida espiritual depende de nuestra relación estrecha con Cristo, una relación que se realiza por fe, es decir, por tener confianza en él. Cuando confiamos en nosotros mismos, entonces el fracaso está a las puertas. La confianza propia es señal segura de fracaso. La razón de esto estriba en que nuestra naturaleza es una naturaleza débil y frágil. No tenemos las fuerzas morales para resistir el mal. Podemos resistir algunas cosas, pero el bombardeo del mal es tan persistente que finalmente caemos. Ya hemos mencionado que el apóstol Pablo exclamaba: «¿Quién me librará de este cuerpo mortal?» (Rom. 7: 24). La naturaleza humana contaminada por el mal es impotente para oponerse a este enemigo poderoso. La justificación por la fe implica que colocamos nuestra confianza en lo que Dios puede hacer por nosotros, y no en lo que nosotros podemos hacer con nuestra propia fuerza. Si confiamos en nosotros, fracasaremos espiritualmente como sucedió con Israel.

Una maldición

Una maldición

Martes 23 de febrero, 2010

Sin embargo, al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por estas nadie será justificado (Calatas 2: 16)

LA SEGUNDA CARACTERÍSTICA DE LA JUSTIFICACIÓN por la fe, es que es por la fe sola; es decir, solo por fe. Este es uno de los postulados de la Reforma protestante del siglo XVI. Al estudiar la Epístola a los Romanos, Martín Lutero llegó a la conclusión de que la justificación se obtiene solo por la fe. Al margen de la palabra fe del texto «el justo vivirá por la fe», escribió la palabra «sola». Llegó al convencimiento personal de que somos justificados solo por la fe. Si recordamos lo que hemos estado considerando acerca del significado bíblico de la fe, diriamos que somos justificados solamente por la fe en Cristo, y nada más. Frecuentemente, en los escritos de Pablo se opone la justificación por la fe con la justificación por las obras, o, como él lo dice, por las obras de la ley: «Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige» (Rom. 3: 28). «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte» (Efe. 2: 8, 9). Para Pablo, decir que la justificación se podía obtener por las obras de la ley, es decir, obras meritorias, era una violación del evangelio. Esta violación o distorsión del evangelio involucra varios riesgos muy serios: el que concluya que la justificación se puede conseguir por obras meritorias, recibe una maldición de Dios. «Pero aun si alguno de nosotros o un ángel del cielo les predicara un evangelio distinto del que les hemos predicado, ¡que caiga bajo maldición! Como ya lo hemos dicho, ahora lo repito: si alguien les anda predicando un evangelio distinto del que recibieron, ¡que caiga bajo maldición!» (Gal. 1: 8, 9).

El origen de nuestra maldad

El origen de nuestra maldad

Viernes 5 de febrero, 2010

Desde el principio este ha sido un asesino, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira! (Juan 8: 44).

AL PENSAR QUE EL SER HUMANO es pecaminoso y está hundido en el mal, surge la pregunta: ¿Por qué esta maldad? Como estudiantes de la Biblia tenemos una mejor comprensión de este problema. De otro modo estaríamos en tinieblas, como lo están los que no la tienen. Sabemos que en algún punto de la eternidad, ciertos ángeles se rebelaron contra Dios? Pero, ¿cómo es posible que los ángeles se rebelaran contra Dios, siendo, como eran, seres perfectos que habitaban en condiciones perfectas? No es fácil responder esta pregunta. Cuando se trata de explicar el origen del mal, se cae frecuentemente en ideas que lo justifican. Pero si queremos intentar una explicación, parecería que el mal tuvo su razón de ser en el libre albedrío con que Dios dotó a sus criaturas inteligentes. Este implica libertad para pensar y actuar. Y a ciertas criaturas de su universo, Dios decidió darles esa libertad. ¿Por qué razón? No sabemos, pero Dios decidió hacerlo. ¿Es Dios, entonces, responsable del origen del mal? No. Dios es responsable de crear seres libres, no pecadores ni rebeldes. Pero esta libertad implicaba la responsabilidad de usarla en armonía con la voluntad de Dios. Y hubo quienes fallaron en esto y se rebelaron contra Dios. Estos ángeles no fueron dignos de haber recibido ese honor de tener libertad, ya que «no mantuvieron su posición de autoridad, sino que abandonaron su propia morada» (Judas 6). En suma, estos seres angelicales se rebelaron contra Dios, abandonaron sus responsabilidades en el gobierno divino, y usaron la mentira como su estrategia. Como resultado, fueron expulsados de la presencia de Dios. Jesús dijo del líder de la rebelión: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo» (Luc. 10: 18). Ese es el informe de la revelación divina. Más de eso, tal vez no estamos en posición de entender. Pero nos enseña que la libertad requiere responsabilidad; y si no la tenemos, no se puede vivir en la presencia de Dios.

¿Qué es el pecado?

¿Qué es el pecado?

Jueves 4 de febrero, 2010

Así que comete pecado todo el que sabe hacer el bien y no lo hace (Santiago 4: 17).

A PARTIR DE HOY, y durante varios días, se reflexionará en los principios sobre los que se basa el mensaje de la justificación por la fe. Tiene que ver con preguntas básicas como: ¿Por qué es necesaria la justificación? ¿Por qué las personas necesitamos justificación? Para entender la doctrina de la justificación debemos ir a la raíz del asunto. Necesitamos ir a las bases en las que se funda la doctrina de la justificación por la fe. Varios son los fundamentos que sostienen esta doctrina cristiana. Él primer fundamento que sirve de base y que le da sentido a esta doctrina, es el principio que dice que los seres humanos estamos en corrupción y bancarrota moral. Es decir, que estamos hundidos en el mal. En este punto debemos hacernos la pregunta, ¿qué es el mal? Si le preguntáramos a la Filosofía nos daría muchas respuestas. El dualismo filosófico derivado de la filosofía platónica nos diría que el mal es un principio eterno que está en contraste con el bien. El zoroastrismo persa tenía dos dioses, Ormuz y Ariman, que representaban el bien y el mal, y que siempre luchaban entre sí, sin poder eliminarse. El famoso filósofo judío Spinoza decía que el mal es una ilusión, es decir, no existe. Otro filósofo, el alemán Ritschel, creía que el mal es ignorancia. Charles Darwin, en armonía con sus descubrimientos biológicos, pensaba que el mal es un conflicto interno entre la naturaleza moral del ser humano y su herencia animal. Para el cristiano, ninguna de estas respuestas es satisfactoria. No dan ninguna esperanza, ni solucionan nada. Por supuesto, la Biblia difiere radicalmente de estos conceptos. Nos dice que el mal, al que llama pecado, es un principio que se opone a Dios. Lo define así: «Todo el que comete pecado quebranta la ley; de hecho, el pecado es transgresión de la ley» (1 Juan 3: 4). La ley es un trasunto del carácter de Dios que revela el bien. Así que el pecado, cuando se opone a Dios y actúa en contra del bien, está en oposición a Dios. Es un principio en pugna con lo que es Dios. Es rebelión contra él. La naturaleza humana está en conflicto con Dios.

Justicia por la fe

Justicia por la fe

Miércoles 3 de febrero, 2010

Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte (Efesios 2: 8, 9).

AYER MEDITABA en lo que significa el primer término de la expresión justificación por la fe. Hoy reflexionará en el segundo: la fe. ¿Qué significa fe, o tener fe? Generalmente se define como confianza. De hecho, la palabra confianza, etimológicamente, significa «con fe». Tener fe es tener confianza. Esta relación correcta con Dios solo es posible a través de esa fe o confianza. A la persona que tiene fe, el Señor la declara justa, y por lo tanto es una persona que está en buenos términos con Dios. O dicho de otra manera, para que una persona esté en la relación correcta con el Creador, es necesario que tenga fe, y en virtud de ella él la declara justa. Son muchos los pasajes bíblicos que nos hablan de esto. Unos pocos serán suficientes: «De hecho, en el evangelio se revela la justicia que proviene de Dios, la cual es por fe de principio a fin, tal como está escrito: "El justo vivirá por la fe"» (Rom. 1: 17). «Dios es justo y, a la vez, el que justifica a los que tienen fe» (Rom. 3: 26). «Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe» (Rom. 3: 28). «Pues no hay más que un solo Dios. Él justificará por la fe a los que están circuncidados y, mediante esa misma fe, a los que no lo están» (Rom. 3: 30). Más adelante vamos a definir en forma más precisa lo que significa tener fe. Hoy nos vamos a concentrar un poco en la razón de la fe, es decir, en por qué Dios establece que la justificación debe obtenerse por fe. En el Nuevo Testamento, el concepto de fe, como requisito para ser justificados, frecuentemente se menciona en contraste con la justificación basada en la ley. Esta expresión, «justificación basada en la ley», se refiere a una justificación basada en el mérito. La fe se contrasta con el mérito propio. Esto quiere decir que Dios no nos puede justificar por mérito propio. Dios decidió que, en la justificación, el mérito procediera de otra parte.

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